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Perspectiva El Nuevo Día
Martes, 17 de enero de 2006
 
     Los cuatro desacuerdos
         Silverio Pérez
 

Humorista

Próximamente visitará nuestro país don Miguel Ruiz, autor de uno de los libros que más me han influenciado en los últimos tiempos: Los Cuatro Acuerdos. Don Miguel fue criado en el México rural por una madre curandera y un abuelo nagual. Los naguales eran maestros en una comunidad formada hace miles de años en Teotihuacán, la ciudad de las pirámides en las afueras de Ciudad México, por los indios toltecas, una nación integrada por hombres y mujeres de un conocimiento muy avanzado. Este conocimiento tolteca fue transmitido de generación en generación por los descendientes de los naguales. Don Miguel Ruiz, un nagual del linaje de los Guerreros del Águila, recoge en su libro las enseñanzas básicas o los cuatro acuerdos que servían de base a la sabiduría tolteca.

Los Cuatro Acuerdos son cuatro consejos muy sencillos que parecen diseñados para enderezar el rumbo de nuestro país si es que, a nivel individual y colectivo, tuviéramos la sabiduría y humildad suficiente para adoptarlos como forma de vida. El primero es: Sé impecable con tus palabras. Con las palabras expresamos nuestro poder creativo. Por eso Dios, según la Biblia, decía hágase la luz, háganse los mares y la tierra y mientras iba creando el Universo lo iba diciendo. Pero las palabras son un alma de doble filo. De la misma forma que pueden crear pueden destruir. Por eso el mensaje es que seamos impecables, sin pecado, en el uso de las palabras. Esto no es otra cosa que decir la verdad y nada más que la verdad.

¿Ustedes se imaginan cuán distinto sería nuestro país si nuestros políticos fueran impecables con sus palabras? Los debates políticos, los discursos en la Legislatura, las conferencias de prensa, en fin, la comunicación en general cambiaría dramáticamente y muchos personajes cuya tarea principal es ser francotiradores de la palabra perderían sus funciones.

¿Y qué me dicen de algunos programas de televisión que se dedican al chisme? Don Miguel dice que “el chismorreo es comparable con un virus informático… con intención dañina”. Pero el daño que se hace con ese virus informático que es el chisme revierte en los que lo propagan. De eso hemos estado viendo pruebas fehacientes en días recientes.

La impecabilidad de la palabra también aplica a lo que decimos de nosotros mismos. Mientras menos impecables somos en lo que nos decimos, más baja es nuestra autoestima. Si al mirarnos al espejo o en ese diálogo ininterrumpido que sostenemos con nosotros mismos nos decimos brutos, gordiflones, estúpidos y toda esa sarta de lindezas con las que nos azotamos cuando no nos salen las cosas como queremos, ponemos la cuenta del valor propio en rojo.

¿No les parece que ese primer acuerdo de los toltecas se las trae y que, aunque parece simple, su mera aplicación transformaría nuestras relaciones, nuestro país y el mundo entero?

El segundo acuerdo es: No te tomes nada personalmente. Lo que los demás dicen y hacen es un reflejo de ellos mismos. El que opina que eres un incapaz debe estar reconociendo en ti sus propias incapacidades. Cuando nos hagamos inmunes a las opiniones y actos de los demás nos quitaremos de encima una enorme carga de sufrimiento.

La paz reinaría en muchas oficinas donde lo que fulanito dijo de menganito y menganito de zutanita consume más energía y tiempo que la productividad. Con este acuerdo se acabarían los dimes y diretes que son el pan nuestro de cada día de la política puertorriqueña. Desaparecerían los programitas radiales que viven de la ofensa mutua entre los indios pertenecientes a las tres tristes tribus y el estrés colectivo bajaría considerablemente.

Tomarse las cosas personalmente es un acto de arrogancia pues es partir de la premisa de que todo tiene que ver con nosotros, como si fuéramos el centro del universo. Es más, dice Don Miguel, “ni siquiera las opiniones que tienes de ti mismo son necesariamente la verdad”.

El tercer acuerdo es: No hagas suposiciones. ¡Cuidado que esto nos trae problemas! “Es que se supone que si dejé la basura en la puerta de la casa era para que cuando llegaras la botaras”, le dice una esposa molesta al marido distraído. El problema de hacer suposiciones es que creemos que eso que suponemos es absolutamente cierto y nos decepcionamos con aquellos que no cumplieron con nuestras suposiciones.

Don Miguel Ruiz dice que sólo vemos lo que queremos ver y oímos lo que queremos oír. Cuando una mujer por fin bota de la casa al marido insensible e irresponsable éste le dice a sus amigos, como si fuera la verdad, que la relación iba de lo más bien y que está sorprendido de la reacción de su esposa. Suponemos que todo el mundo percibe la vida de la misma forma en que nosotros la percibimos. El antídoto contra el mal de las suposiciones es preguntar con humildad. Asegurarse que las cosas queden claras. Cuando no hagamos suposiciones nuestras palabras serán impecables y por ende no tomaremos las cosas personalmente.

El cuarto acuerdo es: Haz siempre lo máximo que puedas. Ni más ni menos. Este acuerdo va directo al hígado de esa masa de gente que en sus centros de trabajo, tal vez cobijados por un convenio colectivo, tratan de hacer lo menos posible y ganar el máximo de dinero. Este acuerdo es un llamado a la excelencia y un arma contra la mediocridad. Pero hay quien también, como los adictos al trabajo, trata de hacer más de lo que puede y entonces se va desgastando energéticamente y al final su rendimiento no es suficiente.

Hacer lo máximo es vivir con sentido de urgencia; es no dejar para mañana lo que podemos hacer hoy. La vagancia y la procrastinación nos quitan esa energía y esa alegría de vivir que se siente cuando uno está en constante creación.

La bendición que ha resultado ser el haber pasado por la experiencia de sobrevivir un cáncer me hizo reflexionar sobre el valor de la vida y me ha llevado a comprometerme con dar el máximo este año que acaba de comenzar. No recuerdo que haya comenzado un año con la energía y alegría con las que he comenzado éste. Los resultados, sin lugar a dudas, van a ser afines a ese compromiso de dar el máximo. Si decidimos dar el máximo seremos impecables con nuestras palabras, nos esforzaremos por no tomar las cosas personalmente y evitaremos las suposiciones.

En estos días observamos en la prensa cómo nuestro país se regodea en vivir bajo los cuatro desacuerdos. El centenario problema del estatus es el vivo ejemplo de nuestra tendencia al desacuerdo. Cada grupo ideológico emplea sus palabras para crear confusión respecto a la ideología de los otros. Aun dentro de las mismas tres tristes tribus se crean subgrupos que se atacan entre sí por las suposiciones que hacen respecto a las intenciones de sus compañeros de ideología. Otros, que no tienen la más mínima intención de que esto se solucione, no dan el máximo para hacer lo que debieran hacer. Perdón, me acabo de dar cuenta de que eso, “lo que debieran hacer”, ya es una suposición de mi parte.

 

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